El capitalismo se presenta, en su forma más pura y canónica, como un sistema impulsado por la competencia implacable, la racionalidad instrumental y la búsqueda egoísta del interés individual. Desde Adam Smith, la idea del "pan nuestro de cada día" que no se espera de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero, sino de su propio interés, ha cimentado la justificación moral y práctica de la economía de mercado. El motor invisible que convierte la ambición particular en bienestar colectivo reside, supuestamente, en la capacidad del mercado para arbitrar y disciplinar esas pasiones mediante la rivalidad.
Sin embargo, detrás de esta fachada de fría y calculadora autosuficiencia, se esconde una paradoja fundamental y a menudo ignorada: el capitalismo, el sistema basado en la desconfianza estructuralmente sana de la competencia, solo es viable gracias a un inmenso y ubicuo acto de confianza colectiva. Este libro se propone explorar y desentrañar esta paradoja, demostrando que la confianza no es un mero lubricante social que facilita las transacciones, sino el auténtico capital social sobre el que se erige todo el edificio económico moderno.
Nuestra tesis central sostiene que el capitalismo, para operar a la escala y velocidad contemporáneas, se sostiene sobre dos grandes y complementarios vectores de confianza: la confianza en el prójimo (horizontal y sistémica) y la confianza en el futuro (proyectiva y fiduciaria). No obstante, la propia dinámica inherente del sistema, marcada por la presión por el beneficio a corto plazo y la externalización de costes, tiende a desgastar y erosionar estos cimientos de confianza, poniendo en riesgo su sostenibilidad a largo plazo.
Esta dinámica de desgaste no es un fallo accidental, sino una tendencia sistémica. El capitalismo necesita la confianza social como un recurso previo (un input) que no produce ni regenera activamente, sino que, por el contrario, consume sin reponer, como si se tratase de un recurso natural no renovable.