El problema fundamental: la ilusión de los deseos universales
La crítica contemporánea a la meritocracia, aunque bien intencionada y necesaria, adolece de un defecto conceptual profundo que limita su alcance y distorsiona su comprensión del fenómeno que pretende analizar. Este defecto radica en una premisa tácita pero omnipresente: la suposición de que todos los seres humanos comparten, en el fondo, las mismas aspiraciones fundamentales. Los críticos de la meritocracia suelen partir del supuesto de que existe una jerarquía universalmente válida de bienes deseables—éxito profesional, reconocimiento social, movilidad ascendente, prestigio intelectual—y que el problema de la meritocracia consiste únicamente en la distribución injusta de estos bienes.
Esta perspectiva revela un malentendido antropológico fundamental. Al asumir que todas las personas desean naturalmente "ascender" en las escalas sociales dominantes, los críticos reproducen inadvertidamente la misma lógica que intentan cuestionar. Transforman lo que debería ser una crítica radical del sistema de valores imperante en una mera disputa sobre la justicia distributiva, manteniendo intacta la arquitectura conceptual que otorga sentido y legitimidad al orden meritocrático.