La ciudad aprendió a mentir antes que sus habitantes.
En Santa Aurora, los informes se redactan con guantes, las cifras se pulen hasta que brillan y los expedientes duelen menos cuando se archivan rápido. Lo importante no es lo que ocurrió, sino lo que se puede firmar sin que tiemble la mano.
Hay muertos que inquietan.
Y muertos que convienen.
Laura Santoro ha visto ambos.
Desde que su hermana cayó en el hueco de los puntos ciegos, Laura entendió que la verdad no se cae sola: hay que empujarla. Y a veces, cuando finalmente aparece, ya nadie quiere verla.
Trabaja con los restos: silencios fuera de lugar, papeles mal grapados, nombres repetidos donde no deberían estar. No es policía ni heroína. Es alguien que no aprendió a mirar para otro lado.
En Santa Aurora, la versión oficial siempre llega primero.
Lo que viene después es el costo.